LA VIBRACIÓN DEL MILONGUERO TENSO – Por Catulo Bernal

LA VIBRACIÓN DEL MILONGUERO TENSO – Por Catulo Bernal

Me gustan los Tango Maratones. Flota en el aire una concentración particular que prescinde de los códigos y lo pre establecido. Si viene mucha gente de afuera y los locales se quedan en las milongas habituales, uno  puede sentirse un poco turista  en su ciudad y confundirse en anónimo abrazo con los maratonianos. Si los de siempre se integran,  juegan a sacarse el habito y se distienden mostrándose en horarios diurnos como si milonguearan de entre casa, con zapatillas y en una versión menos solemne. Se toman en serio su versión “Pret a porter milongueridad”. Quise llevar ese desdoblamiento al máximo invirtiendo unos dineros ganados por textos en cultivar otra personalidad.  Prescindí de ritual y viernes en el “Oriental” dejando a los muchachos la mesa milonguera y a Diogenes Pelandrun, el filosofo mi habitual comentario. No importan la edad, la gravedad y las medallas que te cuelga Ego. Según Diogenes Pelandrun, algunos días no “ser” es la mejor terapia para el alma. Como escribe Gaiman, a veces es preciso ocultarse en otra apariencia para burlar la atenta vigilancia de los dioses y hacer planes. Estamos acostumbrados a pequeñas imposturas. Somos diversas facetas de lo mismo y resaltamos esas facetas, dependiendo del interlocutor, la ocasión o el momento. Yo no tenia malicia ni las ocultas intenciones que algunos ejercen con cinismo y en ocasiones para toda la vida. Solo quería ser “otro” un fin de semana. Me desvestí de Catulo  y poesía después del desayuno. Me afeite el bigote Daliniano quitándome diez años de  solemnidad. Fui a una peluquería cubana donde me tiñeron las cejas en rojo – lavable –   plancharon mi melena Eisensteiniana y le añadieron una extensión en forma de trenza roja. Me puse un pañuelo pirata,  unas gafas sin aumento compradas en la farmacia, una camiseta negra con la cara de D’arienzo que me trajo el amigo contrabajista Beto Capriotti, unos pantalones que eran medio gimnasia y medio gala. Y luego de Practicar el personaje utilizando los consejos de mi compañero de piso y actor Mario Crotowski me fui a la Barcelona Tango Marathon organizada por los amigos Jordi Buges y Elvis Arsic en el polideportivo del Clot.  Si los otros  compañeros  artistas del Hotel Tenebrario donde vivo  me vieron con mi apariencia vikinga nada comentaron. Cualquier vestido es valido para el sustento o la diversión y están acostumbrados – igual que yo – a las apariciones.

Necesitaba recuperar esa vieja sensación de ser ridículo en la misma piel, pero en distinto tipo

O ver el mundo desde la variación.

. Cuando llegué al polideportivo la tarde bullía de actividad y gente. Me confundí entre todos presentándome como Roberte Lem, recién nacido y ciudadano de Bernalia.  Me pasee con mis zancadas largas  y mis zapatillas de practica color azul-celeste por el cuadrilátero de la ronda cercado al fondo por los puestos de ropa y complementos,  la mesa de las musicalizadoras,  la gigante barra que ocupaba casi todo el largo de la pista  suministrando combustible solido, liquido, natural y alcohólico a los maratonianos y las gradas de la entrada, donde había mochilas, zapatos y  muchas mesas  donde los asistentes descansaban, conversaban o hablaban de sus milongas usuales.

Mis pintas nórdicas no desentonaban. Una Tango Maratón es un babel de vestimentas, estilos y personajes.

Cabecee. Baile ligero, pero lento. Tome  líquidos energizantes y euforizantes. Procure sacar  a aquellas muchachas que me parecieron ostensiblemente extranjeras. Seguí los ritos del desconocimiento farfullando un idioma inventado.  Actué. Entable diálogos irreales llenos de gesto y lunfardo erróneo. .Si se dio el improbable caso de una conversación en español, torcí la boca y el timbre de voz y luego de soltar jerga inventada acabe la frase con un “No entiende” a caballo entre una entonación polaca y el ingles pesado de un americano  subido de copas.  Me divertí mucho.

Era uno mas en la pista.

Cuando uno baila sin enseñas, sin ego ni pasado su patria momentánea es ese lugar grande o pequeño, que al cabo de unas horas deja de ser una balsa a merced de las olas y transforma a los asistentes en compañeros de ruta, a los desconocidos en amigos, a los abrazos en chalecos salvavidas.

Cambiaron las luces del día, las percepciones. Las caras eran las mismas, pero otras. Hasta el mismo lugar cerrado pareció mutar con las horas. Aprovechando una clase de chacarera   acompañe a un grupo  a tomar unos bocadillos y cerveza. gesticulando en Bernaliano. A punto estuve de volverme Catulo cuando me cobraron.  Aprecié la belleza y simpatía de las muchachas largando piropos ininteligibles. Hice chistes que los muchachos festejaron sin entender. Mientras ellos iban a su hotel  me fui a duchar al Tenebrario cuidando no arruinar la trenza y sin echarle agua a las cejas.  Cambie la camiseta por una camisa con motivos florales de Igor Sodisnki el pintor de las abuelas de cementerio. Me puse unos pantalones de cinco pinzas  rojo que compre en una subasta al museo de las Glorias Milongueras y con un chaleco negro de fino cuero volví al polideportivo que en las sombras de la noche parecía   un ovni, por la iluminación de leds que cambiaban de color ambientando el predio con precisa sugestión.

Los nuevos amigos saludaban contentos a Roberte,  ecodiseñador y Fresediano.

Hable, baile. Me deje ir.

Feliz, acaricie la idea de dejarme caer por alguna milonga de las de siempre con mi apariencia. Era sábado noche y los locales igualaron en numero a los visitantes. Mucha gente. Mucho entusiasmo. Sin el bigote y sin el traje, sin la aureola del verso en la palabra  ninguno me reconoció. Era un nadie, un dominguero, un extraviado. Un pasajero de medianoche.

Cada pista y cada noche de milonga tienen su vibración, su aura. Una vibración colectiva que comienza en cada bailarín y cada abrazo reflejando el tono general. Esa vibración es espacial y fluctúa con el animo personal de los que bailan y los que esperan.  Obedece a factores emocionales y a inasibles conexiones entre los átomos que nos forman, a los que hay que sumar el trabajo  del musicalizador, el esmero del organizador junto a su personal y a las expectativas de los asistentes. Si hay buena energía en la ronda se dan ese tipo de noches en que uno puede quedarse sentado sin hablar, mirando la evolución de las parejas en la pista, la belleza del movimiento, la imperfecta forma de resolver lo que podría terminar en un encontronazo y por la improvisación  contenida de todas las parejas no rompe la armonía. O salir a bailar todas las tandas sin descanso.  El tipo de noche inolvidable  que discurre con amabilidad y sin presiones en el que todos vuelan y sufren al escuchar al musicalizador pregonando “Ultima Tanda”

En el otro extremo están esas noches llenas de bailarines que solo quieren mostrarse y tensionan la pista con egoísmos. La vibración del milonguero tenso dispara a los silencios, vuelve frenético el disfrute. Se traslada de pareja a pareja y parece que todos van huyendo en vez de bailar. El milonguero tenso  corta la fluidez y priva a la pista del reposado paseo de los cuerpos conversando con el alma. Hablo de tensión por técnica, por querer exhibirse, por intentar una competición sin comunicación en donde cada cual baila solo.  Por un juego de seducción mal entendido o por simple interés romántico o  sexual. A veces un solo milonguero tenso va modificando el ambiente y la ronda sin que los demás puedan devolverle cordura. Milongas de las que uno se va temprano, insatisfecho y vacío. Aquel sábado hasta la una de la madrugada experimente la delicia y el delirio  bailando con una mujer China que ponía todo su calor en el abrazo sin desentonar con sus muchos adornos y con otras desconocidas que me dejaron momentos imborrables. Por el azar y la deriva del paso cerramos muy cerca de otra pareja. Veía a la mujer muy cerca, de frente. Cuando abrió los grande ojos la reconocí. Habia sido la novia de Pastura, aquel al que tragó el corazón de las tinieblas milongueras. No la veía desde que le entregue sus objetos personales. Quise encontrarla durante mucho tiempo. Ahora estaba ante mi. O mejor dicho ante Roberte Lem. En ese segundo que va de un tango a otro pareció que penetraba mi impostura mirándome directamente a los ojos. Por caprichos de la tanda comenzó a sonar “Una vez”  El hombre con el que bailaba retomo el abrazo, rápido. Ella me miró y se perdió en la ronda. Otras parejas se cruzaron. Quise bailar, pero ya estaba   sumergido completamente en la vibración del milonguero tenso. Tantas noches buscando, para volver a verla sin el habito Bernal, sin el escudo de mis palabras. Con los ropajes de la intrascendencia ondeando apenas.  La tango maratón estaba hasta los topes. Plena de vida  y buen tango. Y yo alejándome. Lo supe al terminar la tanda.

Me deje ganar el cabeceo tres veces. Tres tandas pasaron. Baile sin disfrutar, cada vez más distante.

Seria presuntuoso decir que mi sola tensión bastaba en una tango maratón tan concurrida como esa para modificar el ambiente.

Pero sentí la vibración en mi. La discordancia. Abajo de Roberte no estaba el uniforme de Cátulo. Solo había yo. Y la ocasión perdida.

Si  tomaba el metro y volvía como Bernal  llegaría a tiempo para encontrarla? Y en el caso de llegar a las ultimas tandas podría entrar a la vibración correcta? Supe que no.  Cátulo es un maestro de los destiempos y los desencuentros. Tendría que haberlo traído con una muda en la mochila. Y un bigote postizo.

Cruce el parque con mis zancadas un poco más cortas. El polideportivo explotaba de color y milongueridad de la buena. Lo deje atrás cruzando el parque con zancadas mas cortas.

Era temprano para regresar y tarde para volver. Entré en un bar, pedí  una cerveza y me dieron el litro que reservan a los turistas alemanes.

Tendría que haberme sacado la trenza. Apure hasta el ultimo trago, ya caliente.

Al otro día volví a las tres de la  tarde a ver si encontraba a la muchacha de los ojos grandes, parado en el centro de mi eje Catuliano, con la chaqueta,  poesía al hombro y un cansancio resacoso encima.

La pista estaba llena. Algunos apuraban las tandas o descansaban al lado de sus maletas para volver a sus ciudades y milongas habituales hablando de lo bueno que había estado todo. De lo bien que lo habían pasado.  Tenían razón y se llevaban muchas horas inolvidables. Pensé en ellas mientras sacaba a bailar a otras muchachas.  Sin el toque Lem repetir con las del día anterior hubiera amargado muchas tandas buenas.

Un tecladista se puso a tocar tangos y valses que sonaban a Chopin. Mire a ver si acaso.

Pero no.

Mi profesion de fe es la escritura y la erudicion que dan las horas bien vividas. Leo mucho, escribo mucho, bailo mucho. hace mucho tiempo estudie ciencias de la comunicacion, leí hasta siete libros en una semana, vi muchas peliculas y leí mucho comic. Allende el mar aprendi a bailar y a estar en las milongas. Hoy, corregido y aumentado, vuelco lo que se en este humilde blog. Y lo que no se, lo recreo para que se diviertan aquellos a los que el dia dejó de lado.

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