OFICINA DE RECLAMACIONES MILONGUERAS – Por Catulo Bernal

OFICINA DE RECLAMACIONES MILONGUERAS – Por Catulo Bernal
enero 30, 2019 juan ignacio Arias

REENCUENTROS Y RECLAMACIONES EN LA MILONGA

Vamos  ansiosos a «El  Oriental» porque Corchito Echesortu el que fue durante muchos años profesor titular en las clases previas al bailongo  ha vuelto al plantel. Su historia esta ligada a la extravagancia. Era un profesor competente hasta que los extraterrestres Hercolobusianos lo abdujeron y la modificaron el paso y la enseñanza. Sus alumnos transitaban la pista de tierra apisonada, girando locamente en su estela con  modificaciones gravitacionales que hacían reír a los conocedores.  Durante un tiempo fue un estilo peculiar hasta que se volvió critico. El tango danza evoluciona y los métodos se vuelven a veces tan etéreos que olvidan el esencial y básico modo de conectar cuerpo y energía con el otro. El método Corchito no conectaba ya, ni con el tango. Un día Corchito desapareció.  Se dijo que los alienigenas habían vuelto a buscarlo. Que dormía en un cajero con el malogrado maestro Pancheta. Que estaba en un monasterio milonguero en busca del paso supremo. Tantas cosas!  Ahora Corchito esta de vuelta. Y nosotros, los lusiardianos llegamos para ver la ultima media hora de clase ocupando nuestra acostumbrada mesa bajo el limonero. Las delicias asadas del Uruguayo Pococho y sus ayudantes Hugi y Munin son humo si brasas. El aire aun esta limpio de olores a comida. Con esa particular fragancia mezcla de incertidumbre, ansiedad y esperanza que hay en toda noche de milonga sin estrenar.   Rodeando el poste central cuatro parejas siguen las directivas de un hombre que ha cambiado tanto que no se reconoce. El estilo parece sobrio y las enseñanzas un receptáculo de  sabiduría arcana, difícil de encontrar hoy en las pistas. La voz de Corchito nos llega diferente, reposada y sensata. De tanto en tanto, y como si la cinta del carrete en una vieja maquina de escribir se quedara enganchada, los que estamos en las mesas detectamos en el discurso una incongruencia, un tic, un hacer que contradice todo el corpus.  Será que uno puede cambiar tanto que hasta el cuerpo se le rebela y vuelve a la antigua costumbre.

Las mesas se van llenando con la modesta milongueridad de primera hora y algunos viejos conocidos que en su momento animaron las pistas y  un día se volvieron Milongueros de familia. Por el terraplén pasa un tren sacudiendo el cartel de la estación «El Oriental» que nunca llegó a hacerse realidad. «Bueno,. Ahora a bailar! dice el hombre que no identificamos aun como Corchito.  Ante nuestra mirada  los principiantes intentan encajar la sabiduría tanguera en tres  temas enganchados de Prince. Serán ejercicios de compás?

La clase termina y antes que podamos siquiera acercarnos a saludar a Corchito el hombre se calza sobre las ropas de enseñanza un conjunto deportivo color verde eléctrico  y subiéndose a una bicicleta se va atravesando rápidamente el jardín que plantó y cuida el jardinero japones Cepito y se pierde al fondo, en la pampa que cada vez va siendo más pequeña.

– Ese fulgor era Corchito? La próxima vez vamos a tener que venir a tomar la clase o la merienda si quieren saludarlo  – Dice el filosofo Pelandrun mientras sopesa la lagrima del cabernet en su copa.

– No es nuestro amigo. Es un viejo conocido. Un personaje menor que en vueltas anteriores de la ronda nos parecía importante – digo. Pensando si no es también una enseñanza la forma en que Corchito se desvistió del habito de profesor y se hizo sombra de la modernidad.

La milonga se anima y la pista se llena. Por donde se fue la bicicleta llega una moto arrastrando una caseta que se estaciona en el parador por donde no hace mucho bajaban los turistas de la milongueridad. El conductor, lleva casco, antiparras aviadoras y una vieja chaqueta de cuero remendada. Levanta una ventana de chapa al costado de la caseta. Enciende dos faroles amarillos que no inquietan la iluminación navideña de leds que baja del poste central en la pista. Planta dos taburetes altos bajo el umbral que ha formado la ventana de chapa  y enciende un cartel luminoso que dice «Oficina de reclamaciones milongueras» Al revés que Corchito se desprende del casco y la chaqueta y lo deja colgado en un perchero aledaño. Abajo lleva un traje gris sencillo.  Se acomoda  la corbata,  se mete dentro de la caseta y mirando la pista con la cabeza pulcra sostenida en sus manos se sienta a esperar detras de la ventanilla.

– Será un nuevo negocio publicitario? – Piton Pipeta castiga el nervio de una milanesa poco hecha. El aceite esta frío como la ronda y la música del loquito Piazzolla.

– Nunca se sabe. Igual no creo que  le venga mucha gente – dice el pibe Pergamino y sale a bailar para quitarse el invierno.

– No te creas. La queja es uno de los combustibles de nuestra sociedad.  La única opción mas o menos democrática que nos han dejado estos gobiernos representativos que cada vez nos representan menos – dice Pelandrun – Van a ver como hacen cola.

Tiene razón. En seguida comienzan a llegar gente que va contando su queja o reclamación al funcionario. El hombre anota todo a mano con pluma de tinta  en un bloc rayado de formularios, lo sella, da una copia carbónica al cliente y luego deposita el original blanco y una copia verde en  cajas donde se lee «Prioritario» o «Común»

En terminar la cena y seguir los movimientos de esta operativa, que nos parece interesante por la extrapolacion, se nos va una hora. En tanto la pista  se ha llenado de gandules que haraganean sin magia llenando el movimiento de exceso sin cadencia.

El lapso de reclamación, según hace notar Pitón Pipeta que es un alma lógica, empieza y termina en un tango. Si el reclamo es breve o si hay una cortina, el funcionario descansa, acomoda los papeles o simplemente hace esperar al siguiente insatisfecho.

Sin saber que se reclama, ni ante quien, el método burocrático del hombre nos parece fascinante.

No sabemos si  el natural decurso de la ronda, la lógica cadencia que las sucesivas tandas imponen sobre los que aun traen el frenesí del exterior o la sensación de levedad satisfecha de los que vuelven a bailar con la copia amarilla en el bolsillo, pero ahora hay armonía.

La oficina de reclamaciones milongueras se vacía. El hombre hace recuento. Dejando a los muchachos al amparo del vino y media fuente de papas fritas con demasiada sal me acerco a la oficina.

Bartebly, Adrian dice la placa identificadora del empleado.

Hasta que no suenan los primeros compases de «Temblando» no me habla.

-Si,  dígame.

-Venia a … quiero saber.

– Me temo que no puedo ayudarlo. Ese tipo de reparticiones atiende en otro horario y no siempre en un lugar fijo.

-No. Yo quería saber que es esta oficina.

– El cartel es claro. Tiene alguna queja, alguna reclamación de índole milonguera?

-Muchas. Pero ninguna en particular.

– Esas son justamente las que mas recibo. Si me hace el favor de ser más concreto podremos dejarlo asentado y hacerlas llegar ante quien corresponda.

– Eso también es lo que me intriga. Ante quien. Y para que?

-Depende de cada uno. En esta oficina recibo de todo. Hay quejas simple pos el trato dispensado, el suelo y la atención. Y también reclamaciones personales por baile, omisión o intereses creados. Todas las quejas van a un fichero centralizado  y tarde o temprano llegan como designios o intenciones de cambio a quien corresponde. El para qué es un asunto personal y le compete solo al reclamante.

– Y el costo del servicio?

– el costo es variable. Si asignara una tarifa fija  a esta repartición no tendría sentido. Lo que importa aquí es la intención de pago y no el pago en si. Quiere presentar una queja?

Miro al hombre. Miro la pista y luego la pila de papeles en las cajas. Una dice «prioritario» y la otra «Comun» Pienso mi queja y digo.

– Quiero presentar una reclamación por todas las veces que la milonga estafó mis ilusiones. Por esas noches que a priori pensé iban a ser increíbles y terminaron siendo  una inmensa resaca.  Por las tandas  que a mi me parecieron inolvidables y a quien bailaba conmigo solo un trámite. Esta anotando?

– Por triplicado.

– También quiero quejarme por algunos cabeceos ignorados. Y otros que me arrebataron.  Porque varias veces tuve profesores que me enseñaron la técnica, pero no la sabiduría. Y viceversa. Y porque no tuve oportunidad de retribuirle su enseñanza a tipos que nunca me cobraron, pero me enseñaron mejor que algunos otros que creí maestros.

– Esto no es un confesionario. Limítese a la queja y no haga contrición.

– Si. Usted perdone. Quizá la mayor queja que tengo es contra el tiempo y la experiencia. Ahora que llevo tantas tandas encima y puedo presumir de un baile personal y elegante me empiezan a doler las rodillas, Cada tanto tengo palpitaciones y no de la emoción. A la vez la misma experiencia me hace muchas veces ser mecánico en el paso y hermético en el abrazo.

– Esta no la anoto porque ya llevo una demanda colectiva estándar.  Siga.

– De tanto querer ser se me fueron las ganas por el camino. De tanto reflejar con las palabras la milonga perdí esa alegría infantil que es necesaria para disfrutar. Quiero quejarme contra esos que me la robaron.

– Algo  más? Se vienen los últimos compases.

– Finalmente quiero presentar una queja por todos esos encuentros que creí amor. Por todos esos amores que pudieron haber sido y no vi. Por todos aquellos que se fueron y por esos otros que me hicieron sentir mas solo.

– Esa cae y no cae en la reclamación milonguera. En usted parece que si. Es todo?

-Si. Ya esta.

– Firme aquí por favor. Esta es su copia. Guárdela por cualquier contra-reclamación. Efectivo o intangibles?

– Le sirve esta estampita de San Finito Escabiadin con dos poemas de Maiakovski en lápiz en el reverso y una entrada no usada de «Milonga Canfinflas» que cerró sin inaugurar?  La moneda de la suerte del Milonguero Ponce que nunca le erro al paso?

– Me quedo con la estampita y la entrada. Monedas de la suerte tengo muchas.  Aquí esta  el recibo. Gracias por utilizar nuestros servicios. Buenas noches.

«Temblando» termina. Me vuelvo caminando a la mesa, ligero de aquellas mínimas frustraciones que a veces nos impiden estar en el momento. Un poco después salgo a bailar una tanda que empieza con «El entreriano» con una muchacha que me recuerda a la ex pareja del Tucumano Pastura.

Cuando vuelvo entusiasmado de la pista el funcionario ha cerrado la oficina y tiene otra vez la ropa del camino. Por la ventana trasera de la caseta se ve una inmensa caja con las quejas iluminada por dos focos con la forma de zapatos de baile de mujer y hombre. Cuando comienzan los primeros compases de «tristezas de la calle Corrientes» arranca la motocicleta y se va empequeñeciendo por la distancia hasta que todas las quejas iluminadas por el faro de atrás se hacen solo un destello y se esfuman en la nada.

Como muchas veces suele pasar.

Aunque elijo pensar que a veces, si uno eleva una reclamación a agentes tangibles del orden estelar o en una versión domestica a humildes empleados de la milongueridad, quizá reciba, aunque no de forma instantánea, alguna mínima compensación para gastar en alguna noche de pista dura.

Mi profesion de fe es la escritura y la erudicion que dan las horas bien vividas. Leo mucho, escribo mucho, bailo mucho. hace mucho tiempo estudie ciencias de la comunicacion, leí hasta siete libros en una semana, vi muchas peliculas y leí mucho comic. Allende el mar aprendi a bailar y a estar en las milongas. Hoy, corregido y aumentado, vuelco lo que se en este humilde blog. Y lo que no se, lo recreo para que se diviertan aquellos a los que el dia dejó de lado.

0 Comentarios

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.